jueves, 4 de abril de 2019

SANGRE, el primer relato de El acorralado y otros relatos: en algún lugar del mundo.




SANGRE

No entres apresuradamente
en pleito, no sea que no sepas
qué hacer al fin,
después que tu prójimo
 te haya avergonzado

Proverbios 25:8,
Sagradas Escrituras

Aquella tarde fue a clases como cualquier día sin sospechar que algo grave iba a pasarle. Una vez tocada la sirena para salir a recreo no dejaron sin acudir a los patios escolares: unos iban a los servicios higiénicos, otros al bar y aquellos a jugar básquet.
Nuria y dos o tres de sus mejores amigas, mientras comían los deliciosos chochos1 con maíz tostado y encebollado que vendían en el bar, charlaban animadamente en el descansillo que había entre la planta baja y la primera. Terminado el convite de colegialas, se dispusieron a bajar a los patios para jugar al básquet los escasos minutos que restaban de recreo. Con tan mala suerte para Nuria, que al ser la primera en querer bajar, una de sus compañeras hecha la juguetona le dio un fuerte empujón haciéndola caer de trasero y se golpeó las últimas vértebras al caer sentada sobre el filo de la escalera, por lo que empezó en cuestión de segundos a sentir un fuerte dolor del vientre. Al estar en los días de la costumbre: «se aflojó la llave», como se dice vulgarmente, y sangraba en abundancia. Mas hizo caso omiso del incidente y en vez de ir al policlínico del colegio ocupó un asiento del aula, el cual lo tiñó de rojo. Lo mismo hizo al quedarse detrás de una puerta, manchó el piso con el líquido viscoso que fluía de su fuente.
Al fin le trasladaron a urgencias de una clínica cercana. El médico que la trató, cuando vino su madre a por ella, lo primero que le dijo es:
– ¿Eres tú la madre de Nuria, la chica enferma?
–Sí, doctor, soy yo –repuso una mujer de mediana edad, nerviosa.
–La niña ha sido víctima de un aborto, ¿sabes? –le dijo con frialdad increíble– Le he realizado una ecografía y claramente se ve una mancha que no puede ser otra cosa que un feto –gesticulaba mientras arrugaba el entrecejo y añadía sombras a su gomoso rostro.
– ¿Cómo que puede ser un aborto, doctor? –protestó Camila– Si mi hija no pudo estar encinta, si apenas tiene doce añitos.
– ¡Hum! Eso que tenga doce años o menos –ironizó el médico mirando con ojos ratoniles– no prueba que no haya podido quedarse encinta al estar con cualquier hombre. Vamos a practicarle inmediatamente un curetaje2 para eliminar los restos del feto.
Enseguida llamó a la enfermera:
–Antonia, por favor, prepare los instrumentos que vamos a intervenir a la paciente.
–Enseguida, doctor –repuso sumisa una joven de unos veinte años que se marchó tras la orden.
Mientras en la consulta.
–Doctor –protestó la madre– mi hija no estaba esperando un hijo y no tiene por qué auscultar sus partes íntimas.
–Eso es lo que tú crees –dejó caer el galeno–; pero yo te voy a demostrar lo contrario: la chica ha abortado.
Dicho esto el médico se acercó y palpó el vientre de la niña buscando el útero. Ella gritaba de dolor apenas le tocaba. En tanto la enfermera acudía con los instrumentos necesarios para la operación.
– ¡Cállate! –ordenó el médico y seguía en su intento de realizar el temido curetaje.
Pero Nuria gritaba cada vez con mayor fuerza y no se dejaba poner una mano sobre su cuerpo.
–Esta niña no me deja ni tocarla –gruñó el médico–. Yo no sé cómo se han dejado practicar otras menores que han venido antes a la consulta. No se puede hacer nada más –se dio por vencido y dejó tranquila a Nuria–. Vente mañana para que la lleves a otro dispensario, si quieres.
De esta manera Camila sintió que el alma se le iba en su niña enferma y, lo que era peor aún, las palabras del médico le daban vueltas en la cabeza llenándole de indefinible angustia. Sin embargo, marchó a casa a cumplir con las necesidades hogareñas que le esperaban. Alimentó a sus demás retoños y, cuando llegó su marido, le comentó la infausta noticia.
–Sabes que a tu hija le han hecho caer en el colegio –esgrimió Camila poniendo cara de circunstancias– y le ha dado una fuerte hemorragia por el golpe recibido. Este momento está siendo atendida por el médico de la clínica San José, la que está casi frente al colegio.
– ¿Quién es ese desgraciado o desgraciada que ha hecho caer a mi hija para denunciarle? –vociferó de muy mal modo el hombre de la casa.
–Acaba de comer que ahora nos vamos a verla –rogó su mujer.
–Ni porque uno se está trabajando tiene derecho a descansar –renegó Ramón– ya me toca ir a ver a mi hija que está enferma y...
– ¡Ay...! ¿Qué más te toca como padre que eres? –cortó Camila y se dio prisa para zarpar.
Cuando llegaron a verla, Nuria dormía aliviada porque le suministraron un sedante. Mientras el galeno habló con Ramón sobre el caso y le expuso que la causa de la hemorragia no era otra que el aborto. Se marcharon los padres enemistados entre sí, en la calle empezaron a pelear.
– ¿Te das cuenta, zorra mal nacida? –gruñó el marido– La mocosa está con hemorragia por el aborto que dizque ha tenido, no por la caída que dices vos3.
–No seas imbécil –rugió Camila– ¿cómo crees que tu hija de doce años va a estar embarazada?
–Claro pues, estúpida –volvió Ramón– vos como corriste igual suerte al dejarte empreñar en la adolescencia, lo que le pasa ahora a nuestra hija te parece algo normal.
–No es que me parezca algo normal –repuso Camila armándose de paciencia– sino al contrario. Aquello que se comenta de nuestra hija, no es más que una calumnia que intenta echar por tierra su impoluta dignidad, tanto como la nuestra. Ni el médico tiene razón, ya verás cómo la llevamos a Zamora donde la doctora que ha tratado algunas de mis enfermedades para que ella nos aclare.
Casi no pegó los ojos Camila pensando en lo que pasaba con Nuria. Sin embargo, a primera hora acudió a verla y pidió que las dejasen a solas.
–Mi hijita –dijo– ¿estás segura de que no estuviste con algún hombre?
–No, mamita –repuso– estoy completamente segura. ¿Por qué?
–El médico dice que la hemorragia te vino porque estabas encinta.
–Ay, mami –repuso la niña– ¿encinta, yo? Apenas he terminado la primaria.
Ahora se enfrentó nuevamente Camila con el médico, quien le dijo seguro de su teoría:
–Sabes bien que tu hija está encinta, ¿por qué tratas de ocultarlo?
–Usted –repuso Camila– ¿en qué se basa para sostener aquello?
–Yo me baso en hechos reales –dejó caer el galeno–. Ayer hablé con tu hija y me comentó que tú le habías dicho: «Ese chico que vivía con nosotros se ha pasado al cuarto donde duermen ustedes y te ha visto las piernas desnudas; pero yo te cubrí con una manta». Aseguró tu hija y agregó: «Yo no he sentido nada, doctor, a lo mejor me hizo algo cuando estuve profundamente dormida». Yo no entiendo, ¿cómo se puede tener a un chico extraño viviendo bajo el mismo techo habiendo chicas que corren peligro?
–Si usted se basa en esa teoría para asegurar que mi hija estaba encinta –repuso Camila muy resuelta– haga cuenta de que ha fracasado, porque le dije aquello mintiéndole, con el sano objetivo que dejara de dormir como quiera: es que es de muy mal dormir, doctor. Ora pone una pierna por aquí y otra por allá, ora muestra todo lo que no debe una chica decente sin importar de los que están durmiendo a su alrededor. Por eso me inventé la historia del chico que se pasado a su cuarto y le ha visto las piernas desnudas.
En todo caso, doctor –agregó Camila sin más– le voy a llevar a Zamora porque no estoy conforme con su veredicto.
Esta declaración cayó como balde de agua fría sobre médico y enfermera que, aunque sumisa y silenciosa, no se perdía ni una jota de la conversación. Allanado el camino, titubeó el galeno al tiempo que aflojaba las cuerdas a la razón:
–No... no te la lleves aún, déjame hacerle de nuevo los análisis clínicos. Ven... ven por la tarde que ya los tendré y sabremos a ciencia cierta lo que pasó. ¿De acuerdo?
–Está bien, doctor –suspiró Camila, aliviada por primera vez–; pero no se le ocurra seguir insistiendo en lo del aborto.
El rostro camaleónico del médico ahora estaba pálido y se le notaba nervioso.
–No... no te preocupes –rogó el galeno– que ahora tendré mucho cuidado en hacerlos detenidamente.
Cuando volvió a la tarde Camila, el médico le dijo que ella estaba en toda la razón y que lo que tuvo Nuria no fue ningún aborto, como él aseguró al comienzo, sino que tenía un quiste4 en el ovario y le mostró la placa de la ecografía.
–Mira –asintió– cuando la chica está embarazada, como ha sucedido ya un montón de veces, se presenta esa sombra que ves en el interior del útero; pero en el caso de tu hija que es muy particular, esa sombra que vemos allí no es otra cosa que el quiste.
Esta noticia más que alegrar a Camila, vino a confirmar la seguridad que tenía acerca de la dignidad impoluta de Nuria. Asimismo alegró al padre de la pequeña que no pensó en otra cosa que no fuera en demandar al médico.
–Tú no vas a demandar a nadie –impugnó Camila– un error lo comete todo el mundo. Deja tranquilo al doctor. Preocupémonos más bien por la salud de nuestra hija.
–Pero mujer –insistió Ramón–. ¿Cómo crees que podemos dejar pasar por alto esta equivocación de un pseudo médico? ¿Y si le practicaba el curetaje a nuestra niña sin estar encinta?
–Ya deja de insistir en cosas que no convienen –concluyó Camila muy resuelta–. Mejor alegrémonos de que no ha ocurrido nada a nuestra hija por parte del médico, sino que está enferma por naturaleza.
No le quedó mayor remedio a Ramón que asentir y rumiar en silencio la supuesta incomprensión por parte de Camila que actuó de buena fe. La alegría que sintieron no fue del todo alegre porque tuvieron que realizarle un tratamiento adecuado a esta niña para eliminar dicho quiste. Pero finalmente todo salió bien.

1.      Semilla comestible del altramuz.
2.      Técnica de extraer restos después de un aborto.
3.      Equivalente a tú, segunda persona del singular. Usado en algunas regiones de Latinoamérica.
4.      Formación patológica en forma de bolsa cerrada.

miércoles, 3 de abril de 2019

Buenas tardes, amigos y amigas.

Estoy de vuelta y con un nuevo tema bajo el brazo.

En Al pie del Tungurahua se habla de algunas cosas como del romance entre dos jóvenes, chico y chica.

En los cuentos de hadas hay siempre finales felices.

Lo que no sucede en Al pie del Tungurahua.

No todo es color de rosa en el mundo en que vivimos actualmente.

Espero sus comentarios.

Buena suerte.

Antes os dejo una fotografía cuando no tenía más de veinticinco y con mi primera hija.