EL ACORRALADO
Hay camino
que parece derecho al hombre,
pero su fin es camino de muerte
Proverbios 16:25
Sagradas Escrituras
Un
apuesto y alegre joven, no mayor de unos veinte años, fue nombrado misionero
para salir al exterior a predicar las Escrituras, pues, por su intachable
disciplina, estudio erudito de la Palabra y fidelidad comprobada: se ganó
honrosamente el título de Predicador. Título que muchos aspiraban a llegar,
pero eran pocos los escogidos. Dentro de un par de semanas marcharía al frente
y al presidente de la congregación le pareció oportuno visitarle, con
antelación a su salida, para hacerle todo tipo de reconvenciones.
–Hermano Lizardo –dejó caer un hombre
de mediana edad– le felicito que usted haya alcanzado tan altos honores, como
el hecho de ser designado para llevar la espada de dos filos, que es la Palabra
de Cristo, hacia los últimos rincones de la Tierra.
–Gracias, hermano presidente –repuso
el aludido– estoy muy emocionado con este nuevo nombramiento dentro de la
iglesia.
–Hay algo que le quiero recomendar no
solo como humano que soy –observó el pastor de la congregación– sino como un
enviado del Dios a quien servimos y adoramos.
– ¿Qué es, hermano pastor?
–Es que, usted hermano Lizardo –dejó
caer el reverendo– debe cuidarse como se cuidan las niñas de los ojos: procure
mantenerse en oración y ayuno, hermano, para que el maligno no se atreva a
tentarlo, tal como tentó al Señor Jesús muchas veces. Al ser usted tan valioso
para los intereses sagrados de Dios: buscará él la manera de perturbarle en
todo lo que pueda y no descansará hasta hacerle tropezar y caer.
–Sí, hermano pastor –convino un
contrito Lizardo–. No lo olvidaré por nada de este mundo. Haré todo cuanto
usted me acaba de decir y tendré sumo cuidado.
Se marchó el superior de la iglesia,
mientras Lizardo se quedó cavilando en la recomendación y se preguntaba en qué
vendría a parar todo aquello.
La primera semana antes del viaje
transcurrió sin alguna novedad, solo que
Andrea –la novia de Lizardo– en su obstinación por casarse con él, le
inquirió de tal manera, habiendo meditado hasta la saciedad lo que debía hacer.
– ¿No crees que sería mejor que nos
casemos antes de que te marcharas? –sopesó la novia, anhelosa.
– ¿Y ahora, qué te traes entre manos?
–exclamó Lizardo con los ojos grandes como platos– ¿Por qué quieres que nos
casemos antes del viaje de misiones, si ya no falta más que una semana? ¿No es
mejor que primero me vaya y cuando haya vuelto...?
–Yo sabía que te negarías, imbécil –le
interrumpió la chica– porque no me amas como yo, eres un embustero. ¡Claro!, tú
quieres andar presumiendo de soltero y (pelándoles las muelas) a las chicas que
te miren. Eres un pobre lobo disfrazado
de corderito. Ay, sí, el corderito de Dios. Ya nomás te crecen alas para que
salgas volando –concluyó distorsionando la voz.
–No es cierto que yo no te ame
–observó Lizardo al borde de la impaciencia– y que tú no me importes nada, sino
que tengo que cumplir con la delicada misión que Dios me encargó hace tan solo
unos días. No hables por hablar, te vas a condenar por tu propia lengua.
– ¡Está bien! –rugió la novia
desengañada– ¡Haz lo que te salga de las narices! ¡En fin, yo no pinto nada en
tu vida y a partir de ahora no te buscaré más, para que hagas lo que te dé la
regalada gana. Adiós!
– ¿Dónde vas, Andrea? ¡Espera…!
–intentó detenerla Lizardo.
– ¡Eso ya no te importa! ¡Ya no me
busques tú tampoco, adiós!
El joven se quedó convertido en
estatua de piedra; o al menos así lo parecía, porque no se movió mientras su
novia se marchó haciéndole semejante desplante y echándole los antedichos
improperios. Lentamente recuperó la movilidad y no tardó en dar con sus huesos
en el sofá de su casa…
ESTA
HISTORIA CONTINUARÁ…
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